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 LA LEY ESPIRITUAL EN EL MUNDO DE LA NATURALEZA

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Noir
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MensajeTema: LA LEY ESPIRITUAL EN EL MUNDO DE LA NATURALEZA   Dom Mar 24, 2013 3:42 am

Cualquiera que sea la falsa interpretación que la ignorancia antigua o moderna haya dado a la palabra “Magia”, su único y verdadero significado es: Ciencia Superior o Sabiduría fundada en conocimientos y experiencias prácticas. Si dudáis de la Magia y deseáis una demostración práctica de ella, abrid los ojos y mirad en torno vuestro. Ved el mundo, los animales y las plantas, y preguntaos si todo ello podría existir sin el poder mágico de la naturaleza. El poder mágico no es un poder sobrenatural, si por “sobrenatural” se entiende un poder exterior o más allá de la naturaleza. Afirmar la existencia de semejante poder es absurdo y superstición contrarios a la experiencia: porque es evidente que todo organismo vegetal y animal crece por intususcepción, es decir, por la acción de fuerzas internas que se dirigen hacia el exterior, y no por yuxtaposición, es decir, por externas agregaciones a su substancia.
Una semilla no se convierte en árbol, ni un niño en hombre, por recibir de algún artífice exterior la substancia que acrece su organismo o como una casa que se edifica piedra sobre piedra, sino que los seres vivientes crecen por la acción de una fuerza que obra desde un centro interno de la forma. A este centro se dirigen las influencias procedentes del receptáculo universal de materia y movimiento de donde irradian de nuevo hacia la periferia y efectúan la labor constructora del organismo viviente.
Pero ¿qué otra cosa ha de ser ese poder sino un poder espiritual, puesto que penetra en el mismo centro de las cosas materiales? Actúa con arreglo a la ley y construye los organismos de conformidad con una ordenación establecida, por lo que ha de ser superior a una fuerza ciegamente mecánica.
No puede ser una fuerza meramente mecánica, porque sabemos que una fuerza mecánica deja de obrar tan poco como cesa el impulso que la origina. No puede ser una fuerza química, porque la acción química cesa después de afectada la combinación de las substancias. Ha de ser, por lo tanto, una fuerza viva, y como la vida no puede dimanar de una fuerza muerta, ha de ser la fuerza de la Vida una, que obra en los centros vitales de cada forma.
La naturaleza es un mago, y es mago toda planta, animal y hombre que inconsciente e instintivamente usa de sus fuerzas para construir su propio organismo; o de otro modo, todo ser viviente es un organismo en el que actúa el poder mágico de la vida; y si un hombre pudiera adquirir los conocimientos necesarios para dirigir este poder de vida y supiera emplearlos conscientemente en lugar de someterse inconscientemente a su influencia, sería mago, capaz de gobernar las operaciones de la vida en su propio organismo.
Ahora bien; ¿es posible que un hombre adquiera el poder de gobernar las operaciones de la vida? La respuesta depende del significado que se dé a la palabra “hombre”. Si significa el animal intelectual, según lo vemos diariamente pasar por la calle, diríamos que no, porque la mayoría de los hombres de nuestra generación, incluso las grandes lumbreras científicas, no saben nada absolutamente de su naturaleza íntima ni del universal poder de la Vida una; y muchos de ellos ni siquiera han formado su entendimiento, crean o no en la existencia del alma, pues como no pueden verla ni sentirla objetivamente, no saben qué hacer de ella.
Pero si por “hombre” entendemos aquel principio inteligente y activo en el interior del organismo del hombre, que constituye un ser humano y por cuya acción se distingue y es superior a los brutos, tengan forma humana o forma animal, entonces diremos que sí, porque el divino poder que actúa en el interior del organismo del hombre es idéntico al que actúa en lo íntimo de la naturaleza. Es un poder interno del hombre, peculiar de la verdadera naturaleza humana; por lo que cuando el hombre conoce los poderes propios de su esencial constitución y sabe cómo emplearlos, pasa del estado pasivo al activo y utiliza por sí mismo sus poderes.
Por absurdo que parezca, es no obstante lógica consecuencia de las fundamentales verdades relativas a la constitución humana, que si un hombre dominara el universal poder de vida, operante en su interior, podría prolongar cuanto quisiera la vida de su organismo; si lo gobernara y conociera las leyes de su naturaleza, podría densificarlo o sutilizarlo, concentrarlo en un reducido espacio o dilatarlo de modo que ocupara gran extensión.
En efecto, la verdad es más rara que la ficción, como podemos comprobar con sobreponernos a los estrechos conceptos y prejuicios que hemos heredado y adquirido por educación y percepción de los sentidos.
Continuamente ocurren en la naturaleza los más raros fenómenos sin que apenas llamen la atención; pero no nos parecen raros, aunque no los comprendamos, porque estamos acostumbrados a verlos todos los días. ¿Quién sería bastante insensato para creer que de una semilla nace un árbol (pues no hay tal árbol en la semilla) si la experiencia no le hubiese enseñado que los árboles nacen de las semillas a pesar de todo argumento en contrario? ¿Quien creería que una flor nace de una planta, si no lo hubiese visto, puesto que la observación y el raciocinio demuestran que el tallo no contiene flor alguna? Sin embargo, las flores nacen de la planta sin que nadie pueda negarlo.
Por doquier se manifiesta en la naturaleza la acción de una ley espiritual, aunque no podamos descubrirla. Por doquier vemos la manifestación de la sabiduría; pero quienes en su propio cerebro busquen el origen de la sabiduría, lo buscarán en vano.
La magia es el arte de emplear los agentes invisibles, llamados espirituales, en la obtención de determinados resultados visibles. Estos agentes no son precisamente entidades invisibles que planean por el espacio dispuestas a acudir a la evocación de cualquiera que haya aprendido fórmulas y ceremonias de encantamiento, sino que principalmente consisten en el invisible y no obstante poderoso influjo de la voluntad y la emoción, de los deseos y pasiones, del pensamiento y la imaginación, del amor y del odio, del temor y la esperanza, de la fe y la duda, etc. Son las potencias del alma que por doquier empleamos todos cada día, consciente o inconscientemente, queriendo o sin querer. Pero los que no pueden resistir o subyugar tal influjo, sino que por él están dominados, son pasivos instrumentos o médiums por cuyo conducto obran las potencias invisibles de las que suelen ser involuntarios esclavos, mientras que quienes las dominan y por lo tanto saben dirigirlas son, en proporción a su capacidad de dominio, verdaderos magos, poderosos y activos, que pueden emplear su poder en el bien o en el mal. Por lo tanto, vemos que, excepto los irresponsables, todo el que tiene potencia de voluntad y la ejercita es mago activo; mago blanco si emplea su potencia en el bien, y mago negro si en el mal.
Hay en Oriente, y no tanto en Occidente, quienes obran prodigios de los comúnmente llamados mágicos; pero de ello no se infiere que éstos sean magos conscientes, pues tan sólo demuestra la índole mágica del poder que por su conducto actúa, y bien cabe que el supuesto mago sea mero instrumento de las inteligentes potestades que operan aquellos prodigios, sin que él sepa siquiera quienes son.
En rigor no podemos decir que tenemos vida, porque la vida no nos pertenece ni nos es posible regularla o monopolizarla. Lo único que sin arrogancia ni presunción podemos decir es que somos instrumentos por cuyo medio la única Vida universal se manifiesta en forma de ser humano. Todos somos médiums por cuyo conducto actúa la única vida universal. Sólo seremos nuestros propios dueños, cuando conozcamos nuestro verdadero ser y dominemos el principio vital que nos anima. Se engaña quien cree que tiene algún poder de por sí, pues todos los poderes se los presta la naturaleza, o mejor dicho, aquel eterno y espiritual poder que actúa en el centro de la naturaleza y que los hombres han llamado Dios, porque en él ven la fuente de todo bien, la única Realidad en el universo y en todos los seres del universo.
Nadie negará que, además de sus poderes físicos, está temporalmente dotado el hombre de energías mentales y aún espirituales. Amamos, respetamos u obedecemos a una persona, no por la superioridad de su fuerza corporal, sino por sus cualidades intelectuales y morales, o mientras nos hallamos bajo el hechizo de alguna supuesta o real autoridad que le atribuimos. Un rey o un obispo no tienen de por sí más fuerza física que su paje o limosnero y deben hacerse respetar antes de hacerse obedecer. El capitán puede ser el hombre más endeble de toda la compañía, y sin embargo, le obedecen los soldados. Amamos la belleza, la armonía y la sublimidad, no porque sean materialmente útiles, sino porque satisfacen a su respectivo sentido íntimo, que no pertenece al plano físico. La civilización va ganando terreno más bien por virtud de influencias morales e intelectuales que por la fuerza de las bayonetas, y mucha verdad es que en nuestra época la pluma es más poderosa que la espada.
¿Qué sería del mundo sin el mágico poder del amor, de la belleza y de la armonía? ¿Qué sería un mundo construido con arreglo al patrón trazado por la ciencia moderna? Un mundo en que no se reconociese el universal poder de la verdad, no podría ser otra cosa que un mundo de maniáticos, henchido de alucinaciones. En semejante mundo no serían posibles la poesía ni la música, la justicia degeneraría en conveniencia, la honradez equivaldría a imbecilidad, la veracidad a locura y el yo sería el único dios digno de veneración. Puede definirse la magia como la ciencia que trata de los poderes mentales y morales del hombre y le enseña la posibilidad de regular los suyos y los ajenos. Para estudiar los poderes del hombre, es necesario saber qué es el hombre y su relación con el universo. Si debidamente lo investigamos hallaremos que los elementos componentes del hombre son en esencia los mismos que constituyen el universo, es decir, que el universo es el Macrocosmos y el hombre su fiel reproducción o Microcosmos.
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